EL CIELO NOS HABLA EN MEDJUGORJE
"Yo he venido a llamar al mundo a la conversión por última vez" ( 2/05/1982)
"Queridos hijos: orad conmigo para que todos vosotros tengáis una vida nueva. En vuestros corazones, hijos míos, sabéis lo que hay que cambiar: regresad a Dios y a sus mandamientos para que el Espíritu Santo pueda cambiar vuestras vidas y la faz de esta tierra, que necesita de una renovación en el Espíritu" Mensaje del 25 de mayo de 2020.

La belleza, camino para llegar a Dios


Es reflejo de Dios. La belleza de este ángel de Paolo de San Leocadio en la cúpula de la Catedral de Valencia, como todo lo bello, es un reflejo de Dios. Y el artista no hace más que transmitirla. Pero no por intermediario el pintor tiene menos valor. Es más, puede asumir su tarea como una misión. Como dice Benedicto XVI:

"Me dirijo particularmente a vosotros, queridos Académicos y Artistas, porque ésta es precisamente vuestra tarea, vuestra misión: suscitar la maravilla y el deseo de lo bello, formar la sensibilidad de las almas y alimentar la pasión por todo aquello que es expresión auténtica del genio humano y reflejo de la Belleza divina".

Pero esa llamada al reflejo de la belleza la hace extensiva a todos los cristianos:

"Si este empeño es válido para todos, lo es aún más para el creyente, para el discípulo de Cristo, llamado por el Señor a "dar razón" a todos de la belleza y de la verdad de la propia fe. Nos lo recuerda el Evangelio de Mateo, en el que leemos la llamada dirigida por Jesús a sus discípulos: "Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos" (Mt 5,16). Debe notarse que en el texto griego se habla de kalà erga, de obras bellas y buenas al mismo tiempo, porque la belleza de las obras manifiesta y expresa, en una síntesis excelente, la bondad y la verdad profundas del gesto, como también la coherencia y la santidad de quien lo hace. La belleza de las obras de que habla el Evangelio señala más allá, a otra belleza, verdad y bondad que sólo en Dios tienen su perfección y su fuente últimas. 

Nuestro testimonio, por tanto, debe nutrirse de esta belleza, nuestro anuncio del Evangelio debe percibirse en su belleza y bondad, y por ello es necesario saber comunicar con el lenguaje de las imágenes y de los símbolos; nuestra misión cotidiana debe convertirse en elocuencia transparente del amor de Dios para alcanzar eficazmente a nuestros contemporáneos, a menudo distraídos y absorbidos por un clima cultural no siempre propenso a acoger una belleza en plena armonía con la verdad y la bondad, pero siempre deseosos y nostálgicos de una belleza auténtica, no superficial y efímera" Mensaje de Benedicto XVI con ocasión de la XIII Sesión Pública de las Academias Pontificias. 24 de noviembre de 2008


En esa intervención recordaba dos importantes documentos previos: la Carta de Juan Pablo II a los artistas y el Mensaje de Pablo VI a los artistas

También me ha llamado la atención la reflexión que sobre este tema hace Jacques Philippe, en su libro Llamados a la vida:
  "La belleza llama. No deja indiferente, despierta un deseo. Dios llama a sí todas las cosas, como lo deseable llama al deseo. Siempre ofrecida a la admiración, la belleza invita también a una escucha. Es la invitación a una respuesta: admirar, elogiar y amar a la belleza que nos solicita manifestándose. Esta respuesta viene dada: si respondemos a la llamada de la belleza, no es por nosotros mismos. El movimiento que nos lleva hacia ella y nos hace darle gracias no procede de nosotros, procede de ella y no podemos más que consentir en él (o resistirnos a él...). No es que fabriquemos el amor que la belleza provoca en nosotros (incluso si nos llega y nos conmueve porque se une a una expectativa en nosotros).

     Como en Dios, en toda verdadera belleza hay pureza, desinterés y generosidad. Una cosa bella no es bella por sí misma, es bella para los que la contemplan y disfrutan de su belleza. Nada hay peor que una belleza narcisista. 

     La belleza es resplandor, generosidad ofrecida al gozo de otro. Comprendemos también que la llamada es siempre infinitamente más rica que la respuesta, y que ninguna respuesta puede agotarla ni corresponderla plenamente. No podemos asignar un límite a la llamada a amar que nos dirige la Belleza esencial. Lo que requiere la llamada de la belleza (que es también la llamada de la verdad, la llamada del bien) no se reduce a unos actos particulares con los que se podría realizar una lista exhaustiva: es, en definitiva, la donación total de la persona. Por eso, si la llamada es infinitamente generosa, es también capaz de despertar en la persona disponible una generosidad sin límites, el don total de uno mismo: la medida para amar a Dios es amarse sin medida.

      En la respuesta a esta llamada a amar, nos perdemos y nos encontramos a nosotros mismos:

  "La llamada que nos lanza la belleza nos llama también a nosotros, a llegar a ser nosotros mismos. Al destinarnos a ella, nos destina a lo que nuestro ser lleva consigo de promesa" (Jean-Louis Chrétien)   

    ¡Ojalá cada uno de nosotros se enamore de la belleza de Dios, y se pierda en ella para encontrarse!" 

Es muy recomendable también acceder a los contenidos de formación de la Fundación Maior, que promueve la libertad desde la belleza, en la verdad y para el bien:

También es muy interesante el trabajo de la Fundación Marilena Ferrari-FMR:

La imagen de arriba está tomada de:


No hay comentarios: