EL CIELO NOS HABLA EN MEDJUGORJE
"Yo he venido a llamar al mundo a la conversión por última vez" ( 2/05/1982)
"Queridos hijos: orad conmigo para que todos vosotros tengáis una vida nueva. En vuestros corazones, hijos míos, sabéis lo que hay que cambiar: regresad a Dios y a sus mandamientos para que el Espíritu Santo pueda cambiar vuestras vidas y la faz de esta tierra, que necesita de una renovación en el Espíritu" Mensaje del 25 de mayo de 2020.

Hemos sido creados para ser felices. Christoph Schönborn

 
   "No conservo ningún recuerdo sobre el contenido de muchas predicaciones que escuché en mi infancia y en mi juventud. Sé que a menudo eran largas, por lo menos a mí así me lo parecían. No era un oyente atento. Pero, extrañamente, me acuerdo con toda claridad de una única frase, sólo de esta. Esta frase brilla en el amplio río del olvido como un brillante solitario, y la pronunció, durante una predicación, el párroco que en el período de mi adolescencia guiaba la comunidad. Ese párroco irradiaba amor, bondad, humorismo, y se notaba que vivía una íntima relación con el Señor: así es como se me quedó grabada en la memoria a mí, y a muchos. Murió joven e improvisamente en 1966. Entonces, todavía se predicaba desde el púlpito, y recuerdo la sensación de benevolencia que descendía de aquel púlpito. Ya he olvidado lo que predicaba; como también he olvidado las predicaciones de los que lo precedieron, excepto esta sola y sencilla frase: «Hemos sido creados para ser felices».
 
   Tal vez sólo se me quedó grabada esta única frase porque entonces —yo tenía quince o dieciséis años— correspondía en modo particular a mi búsqueda personal. Quizá también porque nuestro párroco testimoniaba de un modo creíble la verdad de esta frase. Pero, ¿qué podemos saber precisamente de los misteriosos caminos de nuestra memoria?

    «Hemos sido creados para ser felices». Espero que recordéis al menos esta frase. Pero en el caso de que la olvidéis junto con el resto de lo que diré, podemos igualmente quedarnos tranquilos, porque ciertamente esta no la olvidaréis, dado que está escrita en el corazón de cada hombre como una evidencia: todos los filósofos están de acuerdo por lo menos en considerar que todo hombre desea la felicidad y la anhela. Es una evidencia también para el sentido común. Nadie quiere ser infeliz, nadie aspira a la infelicidad en cuanto tal. A lo sumo, estamos dispuesto a aceptar una cierta mala suerte con vistas a una felicidad más grande, o bien nos resignamos ante una desgracia porque ya no se vislumbran las perspectivas de felicidad; pero la infelicidad como tal no la desea nadie. La frase de la predicación de mi párroco expresa algo más que la simple evidencia de que todos los hombres aspiran a la felicidad. Esa frase afirma que tal deseo de felicidad nos ha sido dado por el Creador, que ese deseo no engaña, que no es un espejismo. En cambio, representa la meta a la que el Creador nos ha destinado.

   Recuerdo exactamente el sentimiento íntimo y fuerte, la sorpresa y la sensación de alegría que provocó en mí esa frase: llegar a ser felices, ser felices no es algo prohibido, es la voluntad de Dios más auténtica para nosotros, sus criaturas. Yo fui hecho para la felicidad y la felicidad fue hecha para mí. La felicidad me espera, y yo puedo esperarla con alegría. Cuando se presenta, puedo acogerla.

Si hoy, después de tantos años, trato de entender por qué esa frase, entonces, me conmovió hasta el punto de conservarla en la memoria, creo se debe sobre todo a dos motivos. Ya a la edad de once años me preguntaba si debía ser sacerdote. A los once años estaba más seguro de ello que a los quince o dieciséis. Ya había pasado por experiencias dolorosas en mi familia. ¿Tenía qué ser sacerdote? ¿Debía ser sacerdote? Me hacía esta pregunta. ¿No se me permitía tener una vida «normal», una familia, un matrimonio? Por otra parte, esta atracción hacia el sacerdocio volvía con insistencia. Entonces, en esta búsqueda, las palabras del párroco sobre la felicidad llegaron a mi corazón como una liberación: «Cualquiera que sea mi vocación, mi camino de vida, Dios quiere hacerme feliz; me ha creado para esto».

  Un segundo elemento, no menos importante, que hacía fuerte e inolvidable para mí esta frase, era el hecho de que quien la pronunciaba me daba la sensación de una persona feliz. Raramente he conocido una persona que irradiara desde dentro, de un modo tan fuerte, la verdad de esta única expresión que se me quedó grabada: «Ser un hombre feliz». Dichas por él, esas palabras convencían, porque él mismo las testimoniaba con toda su vida, con todo su ser.

   ¿Qué era lo que me convencía, a los dieciséis años, de que este sacerdote era un hombre feliz? ¿Qué es lo que hizo llorar a todos en el pueblo, incluso a los ancianos campesinos, cuando murió improvisamente y el vicario leyó su testamento? ¿Era su humorismo? No, eso era sólo el signo de esa «coherencia» de fondo de su ser, que podemos definir mejor, precisamente, con la palabra «feliz». Nuestro párroco con frecuencia estaba enfermo y sentía un gran amor por los enfermos, a los cuales hablaba cada semana por radio: se trataba de una transmisión muy popular, que seguían también muchas personas sanas. Enfermedad y sufrimiento no lograron, evidentemente, quitarle la alegría. Su bondad era contagiosa, a veces incluso sorprendente. Ya muy entrada la noche, se podía ver encendida la luz de la iglesia, cerca del sagrario. La fuente interior de todo, para él, estaba allí, sobre su reclinatorio.

   Cuando yo tenía dieciséis años me invitó a participar en una peregrinación parroquial a Asís, Roma y Loreto. El momento culminante del viaje fue una visita al padre Pío. En ese tiempo, siendo yo adolescente, fui de mala gana a visitar al famoso fraile con los estigmas, pero se me quedó grabado de forma imborrable el recuerdo de la celebración de la santa misa y del sucesivo breve encuentro con él en la sacristía. ¿Qué significaba todo esto? ¿Quién era ese hombre que emanaba tanta fuerza? ¿El padre Pío era feliz? ¿Es «la felicidad» la palabra justa para describir lo que él irradiaba y por lo que la gente acudía en masa? Sus estigmas, que duraron exactamente cincuenta años, ¿no eran más bien una desgracia incomparable? Sea como sea, el padre Pío hizo felices a muchas personas: les quitó, con la confesión, el peso de los pecados, las impulsó a la conversión. Alivió, con su gran hospital, los sufrimientos de muchos enfermos. Es verdad que muchos iban a él con el ánimo triste y oprimido, y volvían a casa libres y contentos. Ciertamente, podemos definir al padre Pío un hombre lleno de dolores, pero no un hombre infeliz.
   «Hemos sido creados para ser felices». Pero no se puede definir de forma teórica lo que significa ser felices. Sobre todo se debe experimentar, y esto de dos formas: percibiéndolo en nosotros mismos y observándolo en los demás; advirtiendo personalmente «la felicidad», e intuyéndola en el estado de ánimo de los demás.  

    Si el cristianismo representa el camino privilegiado, la senda más segura para alcanzar la felicidad, son dos los modos a través de los cuales se demuestra esta verdad: experimentando personalmente el propio estado de felicidad y haciéndolo, al mismo tiempo, visible a los demás. Ahora bien, todos sabemos que la «felicidad» puede ser ilusoria. Existen algunas formas de felicidad aparente, promesas de felicidad que no se cumplen. No creo necesario referirme detalladamente a ellas, pues pertenecen al repertorio clásico de las predicaciones morales de los filósofos, de los literatos y de los teólogos. Dinero, fama, éxito, sexo, etc.: todo esto puede provocar placer, satisfacción; puede ser placentero y agradable, pero aún no garantiza la felicidad.

Para nosotros era evidente que al párroco de mi pueblo se lo debía definir feliz. Existía una especie de certeza que no podía engañar. Se podía experimentar claramente que este tipo de felicidad no era engañoso, que no se trataba de una falsa apariencia o de un espejismo fugaz. Esta felicidad fue la que me atrajo. Y esto, seguramente, influyó no poco en mi decisión de ser sacerdote". CARDENAL CRISTOPH SCHÖNBORN. Extractos del primer capítulo de su libro Sobre la felicidad. Meditaciones para los jóvenes (Bolonia, Edizioni Studio Domenicano, 2012) Publicado por l'Osservatore Romano, el 12 de Agosto de 2012

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